sábado, 8 de noviembre de 2008

Fantasma

Sonaban fragmentos del romancero gitano dentro de mi cabeza.
Lorca. El hombre que no probó mujer, el hombre que las escribió mejor que nadie, el hombre que yo hubiera querido conocer.
Iba en el autobús. Luz roja. Parados en el tiempo. Todo se movía a través de la ventana.
Un hombre caminaba entre la marea de manera diferente, con un objetivo, con una dirección. Ligero y veloz esquivaba al resto, cortaba el aire, juraría que llegaba tarde.
Serio.
Llamó mi atención su gesto imponente. No era guapo, era esbelto, altivo, seguro de sí.
Atraía las miradas.
Era él.
Tardé en reconocerle. Estaba distinto, no parecía el mismo, ¿era el hombre que yo había conocido? De alguna manera había cambiado, no necesitaba, parecía haber crecido. No me dio miedo... Quizás, porque no me miraba.
Su mirada siempre me asustó. Su mirada quería, deseaba, necesitaba, su mirada invadía y veía lo que yo no quería ver. Su mirada sabía cosas de mí, su mirada me desnudaba. Su mirada...
No me miró.
No pedía, no sonreía, no seducía, simplemente se clavaba en su horizonte como mucho antes se había clavado en mí.
Era él, el de siempre. No había cambiado. Simplemente... no me miraba.
Le observé, parada en el tiempo.
Luz verde. A través del cristal se perdió entre la gente.
No me vio.
No me miró y por primera vez...
no temblé.

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