lunes, 3 de noviembre de 2008

Quería cantar

Una manera de hablar, un gesto, una mirada, una taza de café, un atardecer, una caída, un chocolate con churros, una sonrisa, un cigarro, un grito, un amigo, una foto, una silla, una canción, un pastel, unas letras, una vela, unas monedas, unas palabras...
Nubes.
La oscuridad no desaparece.
Desaparecer.
Beber agua de una fuente y mojar los pies en la orilla de un mar.
El océano me envuelve lleno de deseo de cubrirme entera.
Humo.
Un hombre. ¿Quién es?
No quiero saber. Miro, no veo. Hablo, no digo. Oigo, no escucho.
Un susurro en el cuello, la piel de gallina, ¿qué dice? No entiendo.
Siento.
Mi mano sobre mi pierna... ¿mis dedos? ¿mis muslos?
Placer.
Se preguntó, mientras se acariciaba, sólo ella, qué daba más placer...
¿Su pequeña y delicada mano, o el contorno de su saliente cadera estremecida? Continuó concentrada en su acción, dándose placer, recibiendo ese placer, y...
no supo responder.
No supo elegir.
Cantó, cantó y cantó. Cantó en su imaginación, porqué ya no tenía voz.
Su voz había muerto.
Su voz nunca había nacido.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Tus frases relampagueantes iluminan lo cotidiano y a la vez lo inaudito. La eclosión de todo lo que te rodea abre las puertas a un espacio más íntimo en el que el ser se derrite. Pasas de las generalidades a lo particular. La vida sale a borbotones en forma de palabras. Comparto contigo la fugacidad del tiempo y el deseo de un placer inaplazable.
El ovillo de la Vida.